La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Oh, miserables!
Y precipitóse con tal violencia, que la portezuela se abrió, de modo que hubiera caído, si por uno de esos primeros impulsos del corazón tan rápidos en madame Isabel, esta última no le hubiera retenido por el faldón de su levita.
—¡Oh, tigres! —añadió—, no debéis ser franceses, a menos que Francia, el país de los hombres valerosos, se haya convertido en un pueblo de asesinos.
El apostrofe, podrá parecemos acaso algo pretencioso, pero era del gusto de la época; además, Barnave representaba la Asamblea nacional y el poder supremo hablaba por su voz; el pueblo retrocedió y el anciano quedó salvo.
Se levantó y dijo:
—Joven, habéis hecho una buena acción… un anciano rogará por vos.
Y haciendo la señal de la cruz, se marchó.
El pueblo, a quien impuso el ademán y la mirada del joven diputado, le dejó pasar.
Cuando el anciano estuvo lejos, Barnave se volvió a sentar naturalmente, aparentando ignorar que acababa de salvar la vida a un hombre.
—Caballero, mil gracias —dijo la reina.
Barnave se estremeció al oír estas solas palabras.