La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Sin duda alguna, la razón es que en el largo período que acabamos de recorrer, jamás la reina estuvo más hermosa ni pareció más digna de interés.

En efecto; en vez de proceder como reina, se condujo como madre; tenía a su izquierda al delfín, hermoso niño de cabellos dorados, el cual, con la inocencia y la sencillez de sus años, había pasado de las rodillas de la madre a las piernas del virtuoso Pétion, quien se humanizó hasta el punto de ponerse a jugar con los rizos del niño. A su derecha la reina tenía a su hija, madame Royale, que parecía un retrato de la madre en la flor de la belleza y de la juventud; pero ahora, María Antonieta llevaba en vez de la corona de oro, la de espinas de la desgracia, y sobre sus negros ojos y su frente pálida ostentaban sus magníficos cabellos rubios, entre los cuales brillaban algunas tempranas hebras de plata precoces, que hablaban al corazón del joven diputado con más elocuencia de la que hubieran podido expresar las quejas más dolorosas.

Barnave contemplaba aquella gracia real y parecía estar dispuesto a caer de rodillas ante la moribunda majestad, cuando el delfín dio un grito de dolor.

El niño había hecho al virtuoso Pétion no sé que travesura, que aquel juzgó oportuno castigar tirándole vigorosamente de la oreja.


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