La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El rey se sonrojó de cólera y la reina palideció de vergüenza; alargó los brazos a la criatura y la retiró de las piernas de Pétion; y como Barnave hizo el mismo movimiento, el delfín, transportado en los cuatro brazos e impelido hacia el joven, se halló sobre las rodillas de este.

María Antonieta quiso cogerle, pero el niño dijo:

—No; estoy bien aquí.

Y como Barnave, habiendo visto el movimiento, separaba los brazos para que el delfín hiciera lo que quisiese, la reina —¿era coquetería de madre, o seducción de mujer?— dejó al príncipe donde estaba.

El corazón de Barnave sintió ciertos impulsos difíciles de explicar: estaba orgulloso y se creía feliz.

La criatura comenzó a jugar con la chorrera de Barnave, después con su cinturón y con los botones de su uniforme de diputado.

Los botones, que tenían una divisa grabada, llamaron particularmente su atención.

El delfín pronunció las letras una después de otra, y concluyó deletreando y leyendo estas cuatro palabras: «Vivir libre o morir».

—¿Qué quiere decir esto, caballero? —preguntó.

Barnave vaciló en contestar.


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