La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El rey bajó el primero, apoyándose en los brazos de los dos guardias de corps, señores Malden y Valory. Ya sabemos que Charny se había retirado a consecuencia de la seña que le hizo la reina.

María Antonieta bajó en seguida y alargó los brazos para tomar al delfín; pero como si el pobre príncipe conociese la necesidad que tenía su madre de una lisonja, dijo:

—No, quiero quedarme con mi amigo Barnave.

María Antonieta mostró su asentimiento con la cabeza y con una dulce sonrisa. Barnave dejó pasar a madame Isabel y a madame Royale, y bajó después con el delfín en los brazos.

Quedaba madame de Tourzel, que sólo aspiraba a sacar al regio niño de las manos indignas en que estaba; pero una seña de la reina calmó el aristocrático ardor del aya de los hijos de Francia.

La reina subió la tortuosa y sucia escalera de la posada, dando el brazo a su marido.

Al llegar al primer piso se detuvo, creyendo que era bastante haber subido veinte escalones, pero el mozo gritó:

—¡Más arriba, más arriba!

A estas voces, la reina continuó subiendo.

El sudor y la vergüenza corrían por la frente de Barnave.

—¿Cómo más arriba? —preguntó.


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