La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Al principio, el conde pareció enteramente absorto con la lectura de este billete de su hermano; sus lágrimas, contenidas un momento, volvieron a correr con igual abundancia que antes; y después, sus ojos, oscurecidos aún por el llanto, se dirigieron sobre la carta de la señora de Charny. Consideróla largo tiempo, la tomó, la llevó a sus labios, la estrechó contra su corazón como si pudiese comunicarle el secreto que contenía, y volvió a leer por segunda y tercera vez los encargos de su hermano.
Después, moviendo la cabeza, dijo a media voz:
—No tengo ningún derecho para abrir esta carta, pero será tanto lo que yo la suplique, que espero me permitirá leerla.
Y como si quisiera confirmar esta resolución, imposible para un corazón menos leal que el suyo, repitió:
—¡No, no la leeré!
Y, en efecto, no la leyó; pero el día le sorprendió sentado junto a aquella mesa y devorando con la vista el sobre de la carta, ya húmeda con su aliento, por haberla tantas veces llevado y estrechado en sus labios.
Repentinamente, en medio del ruido que había en la posada, y que anunciaba los preparativos de la marcha, se oyó la voz del caballero de Malden que llamaba al conde de Charny.
—Aquí estoy —contestó este.