La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Señora! —dijo Barnave—, sà yo, saliendo de una esfera oscura, conquisté esta popularidad, ¡cuánto más fácil hubiera sido para vos conservarla y hasta reconquistarla! Pero no —continuó Barnave animándose—, ¿a quién habéis confiado vuestra causa, que es la de la monarquÃa, la causa más santa y hermosa de todas? ¿Qué voces y qué brazos la defendieron? Jamás se vio semejante ignorancia de los tiempos, semejante olvido de lo que es el genio de Francia. ¡Oh!, yo que solicité la misión de salir a vuestro encuentro con este fin, yo que os veo y que os hablo… ¡cuantas veces, Dios mÃo, estuve a punto de ir a ofrecerme a vos, de sacrificarme!…
—¡Silencio! —exclamó la reina—, alguien viene; ya hablaremos otra vez de todo esto, señor de Barnave, estoy dispuesta a oÃros y a seguir vuestros consejos.
—¡Oh!, ¡señora, señora! —exclamó Barnave trasportado.
—¡Silencio! —repitió la reina.
—Vuestra Majestad está servida —dijo el criado presentándose en el umbral de la puerta.
Entraron en el comedor; el rey llegaba por otro lado, y acababa de hablar con Pétion mientras duró la entrevista de la reina con Barnave; parecÃa estar muy animado.