La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Los dos guardias estaban en pie, reclamando como siempre el privilegio de servir a Sus Majestades.

Charny, el más lejano de todos, estaba junto a una ventana.

El rey miró en torno suyo, y aprovechando el momento de estar solo con su familia, los dos guardias y el conde, les dijo:

—Señores, después de cenar es preciso que os hable, y por lo tanto, tendréis la bondad de seguirme a mi habitación.

Los dos oficiales se inclinaron.

El servicio comenzó como de costumbre.

Pero aunque la mesa fuese la de uno de los primeros obispos del reino, estaba tan mal servida como lo estuvo bien la de Chateau Thierry por la mañana.

El rey, como siempre, tenía mucho apetito, y comió bastante a pesar de la mala calidad. La reina no tomó más que dos huevos pasados agua.

Desde la víspera, el delfín, que estaba un poco enfermo, pedía fresas; pero el pobre niño no estaba ya en el tiempo en que se satisfacían sus menores caprichos. Desde la víspera, todos aquellos a quienes las pidió contestaron que «no había», o que «no se encontraban».

Y sin embargo, en el camino había visto muchachos de las aldeas comiendo fresas que habían ido a buscar al bosque.


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