La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El pobre niño envidió entonces mucho a los muchachos que veÃa, con sus cabellos rubios y sus mejillas sonrosadas, y que no tenÃan necesidad de pedir fresas, bastándoles ir a cogerlas por sà propios.
El deseo que no habÃa podido satisfacer contristó mucho a la reina, de modo que el niño, rehusando todo cuanto le ofrecÃan, pidió de nuevo fresas; las lágrimas asomaron a los ojos de la impotente madre.
Buscó a su alrededor a quien dirigirse, y vio a Charny mudo, en pie e inmóvil.
HÃzole seña una vez y después otra; pero Charny, absorto en su pensamiento, no lo notó.
Al fin, con voz ronca por la emoción, la reina dijo:
—Señor conde de Charny…
El conde se estremeció, como si le hubiesen interrumpido en una meditación, e hizo un movimiento para precipitarse hacia la reina.
En aquel momento abrióse la puerta y Barnave se presentó con un plato de fresas en la mano.
—La reina me dispensará —dijo—, si entro, asÃ, y espero que el rey me perdone; pero varias veces he oÃdo al señor delfÃn pedir fresas durante el dÃa, y habiendo visto este plato en la mesa del obispo, le traigo.