La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Entretanto, Charny habÃa dado la vuelta, acercándose a la reina; pero esta no le dio tiempo para aproximarse más.
—Gracias, señor conde —dijo—, el señor de Barnave ha adivinado lo que yo deseaba, y ya no necesito nada.
Charny se inclinó, y sin contestar palabra volvió a su sitio.
—Gracias, amigo Barnave —dijo el delfÃn.
—Caballero —añadió el rey—, nuestra comida no es buena; pero si queréis tomar vuestra parte, nos complaceréis a la reina y a mÃ.
—Señor —contestó el diputado—, una invitación del rey es una orden. ¿Dónde quiere Vuestra Majestad que me siente?
—Entre la reina y el delfÃn —contestó el rey.
Barnave tomó asiento, ebrio de amor y de orgullo.
Charny contempló aquella escena, sin que el menor estremecimiento de celos corriese desde su corazón a sus venas; pero al ver aquella pobre mariposa que también iba a quemarse las alas en la luz real, se dijo:
—¡He ahà otro que se pierde, y es lástima, pues vale más que los otros!
Y volviendo a su incesante pensamiento, murmuró:
—¡Esa carta, esa carta! ¿Qué puede haber en esa carta?…