La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señores —dijo Luis XVI—, vuestra fidelidad a la reina y a mà ha expuesto vuestra vida hace tres dÃas, y desde entonces, a cada instante estáis amenazados de la muerte más cruel, a la vez que participáis de la vergüenza y de los insultos con que nos agobian. Señores, tenéis derecho, no a solicitar una gracia, sino a exponer vuestro deseo, y para no satisfacer este al punto, serÃa preciso que no estuviera en nuestra mano complaceros.
—Pues bien, señor —contestó Charny—, pedimos humildemente, pero con instancia, a Vuestra Majestad, cualesquiera que sean las proposiciones hechas por los señores diputados respecto a nosotros, que nos deje la facultad de aceptar estas proposiciones o de rehusarlas.
—Señores —replicó el rey—, os doy mi palabra de no ejercer ninguna presión sobre vuestra voluntad; hágase lo que juzguéis conveniente.
—Pues entonces, señor, tan sólo nos resta daros las gracias.
La reina miraba con asombro a Charny, sin comprender la creciente indiferencia que en él observaba, con la tenaz voluntad de no apartarse ni un momento de lo que consideraba sin duda como un deber.
Por eso no contestó, dejando al rey continuar la conversación.