La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Ahora bien; reservado para vos ese libre arbitrio —dijo el rey—, he aquí las propias palabras del señor Pétion: «Señor, en el momento de vuestra entrada en París, no habrá seguridad para los tres oficiales que os acompañan. Ni yo ni el señor Barnave, ni el señor de Latour-Maubourg podríamos responder de salvarlos, ni aun con peligro de nuestra vida, y su sangre está destinada de antemano al pueblo».

Charny miró a sus dos compañeros, y una sonrisa desdeñosa entreabrió sus labios.

—Y ¿qué más, señor? —preguntó Charny.

—Después —dijo el rey—, he aquí lo que el señor de Pétion propone: os proporcionará tres uniformes de guardias nacionales, haciendo que esta noche os abran las puertas del obispado, para que podáis lucir con toda libertad.

Charny consultó de nuevo a sus dos compañeros; pero la misma sonrisa de antes le contestó.

—Señor —dijo, dirigiéndose de nuevo al rey—, nuestros días han sido consagrados a Vuestras Majestades, que se han dignado aceptar, y nos será más fácil morir por ellas que separarnos. Concedednos, pues, el favor de tratarnos mañana como lo hicisteis ayer, ni más ni menos. De toda vuestra corte, de todo vuestro ejército, de todos vuestros guardias, tan sólo os quedan tres corazones fieles; no les privéis de la única gloria que ambicionan, la de ser leales hasta el fin.


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