La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Está bien, señores —dijo la reina—, aceptamos; pero ya comprenderéis que a partir de este momento, todo debe sernos común; ya no sois para nosotros servidores, sino amigos, hermanos; no os diré que me deis vuestros nombres, porque los conozco, mas quiero —y sacó del bolsillo su librito de memorias— que me digáis los de vuestros padres, madres y hermanos, pues puede suceder que tengamos la desgracia de perderos sin sucumbir nosotros. Entonces me correspondería a mí notificar a esas personas queridas su desgracia, poniendo a su disposición para aliviarlas cuanto nos sea posible… Vamos, señor de Malden, vamos, señor de Valory, decidme francamente quiénes son los parientes y los amigos que nos recomendáis en caso de muerte; pues todos estamos tan cerca de ella que no se debe vacilar.

El señor de Malden recomendó a su madre, anciana señora achacosa, que vivía en una reducida posesión en los alrededores de Blois; el señor de Valory recomendó a su hermana, joven huérfana que recibía su educación en un convento de Soissons.

Seguramente eran corazones fuertes y valerosos los de aquellos dos hombres, y sin embargo, mientras que la reina escribía los nombres y las señas de la señora de Malden y de la señorita de Valory, ambos hacían inútiles esfuerzos para reprimir sus lágrimas.


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