La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¿Marchado? —exclamó—. ¡Imposible! He dejado a Gouvion dormido, apoyado en la puerta de su alcoba.

Sin embargo, se levanta, se viste y baja. En la puerta encuentra a Bailly, alcalde de París, y al amigo Beauharnais, presidente de la Asamblea; el primero con la nariz más larga y el rostro más amarillento que nunca, y el segundo consternado.

—¿No es cosa curiosa que el marido de Josefina, que al morir en el cadalso deja a su viuda en el camino del trono, se consterne por la fuga de Luis XVI?

—¡Que desgracia —exclamó Bailly—, que la Asamblea no esté reunida aún!

—¡Oh!, sí —contesta Beauharnais—, es una desgracia.

—¿Conque han marchado? —preguntó Lafayette.

—¡Ay!, sí —responden a la vez los dos hombres de Estado.

—Y ¿por qué ay? —dijo Lafayette.

—¿Cómo, no comprendéis? —exclama Bailly—. Porque volverá con los prusianos, los austríacos y los emigrados, y porque nos traerá la guerra civil, la guerra extranjera.

—Entonces —contesta Lafayette mal convencido—, ¿pensáis que la salvación pública exige la vuelta del rey?

—Sí —contestan a la vez Bailly y Beauharnais.


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