La Condesa de Charny

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«Todos aquellos que quieran ser comprendidos en la amnistía que ofrecemos a nuestros enemigos en nombre del príncipe de Condé, podrán inscribirse en nuestras oficinas desde ahora hasta el mes de agosto. Tenemos mil quinientos registros para la comodidad del público».

Uno de los que tuvieron más miedo fue Robespierre: habiéndose suspendido la sesión desde las tres y media a las cinco, corrió a casa de Pétion. El débil buscaba al fuerte.

Según él Lafayette era cómplice de la corte, y no se trataba menos de hacer una San Bartolomé contra los diputados.

—¡Yo seré una de las primeras víctimas —exclamó lamentándose—, apenas me quedan veinticuatro horas de vida!

Pétion, muy por el contrario, de carácter tranquilo y temperamento linfático, veía las cosas de otro modo.

—Muy bien —dijo—, ahora conocemos al rey, y se procederá en consecuencia.

Llegó Brissot, que era uno de los hombres más avanzados de la época y que escribía en El Patriota.

—Se funda un nuevo diario, del cual seré redactor —dijo.

—¿Cuál? —preguntó Pétion.

—El Republicano.

Robespierre se esforzó para sonreír.


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