La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Cuando Robespierre hablaba de sí mismo llegaba a tener cierta elocuencia; y ante la idea de que el virtuoso, el austero Robespierre corre tan grave peligro, se solloza. «¡Si tú mueres, todos moriremos contigo!», grita una voz. «¡Sí, sí, todos!», repiten en coro los presentes; y los unos extienden la mano para jurar, mientras que los otros desenvainan la espada, cayendo algunos de rodillas con los brazos levantados al cielo. En aquel tiempo se hacía mucho este ademán, que era propio de la época. Véase el Juramento del juego de pelota, de David.
Madame Roland estaba allí y no comprendía muy bien qué peligro podía correr Robespierre; pero en fin, era mujer, y de consiguiente accesible a la emoción, tan profunda que ella se conmovió también, según lo confiesa por sí misma.
En aquel momento entra Danton, popularidad naciente, y a él correspondía atacar la de Lafayette, que estaba vacilante.
¿Por qué mostraba todo el mundo aquel odio contra el general?
Tal vez porque era hombre honrado, a quien siempre engañaban los partidos, con tal que estos apelasen a su generosidad.