La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Por eso cuando se anuncia la llegada de la Asamblea, y en el instante en que para dar ejemplo de fraternidad, Lameth y Lafayette, estos dos enemigos mortales, entran cogidos del brazo, por todas partes resuena este grito:
—¡Danton a la tribuna, a la tribuna Danton!…
Robespierre no deseaba más que ceder su plaza, pues era un zorro y no un dogo. PerseguÃa al enemigo ausente, saltaba sobre él por detrás, se agarraba a sus hombros y le corroÃa el cráneo; pero muy rara vez le atacaba de frente.
La tribuna estaba vacÃa, esperando a Danton.
Pero difÃcil era que Danton se presentase.
Si era el único hombre que debiese atacar a Lafayette, este último era tal vez también el único que Danton consintiese en atacar.
¿Por qué?
¡Ah!, vamos a decÃroslo. HabÃa mucho de Mirabeau en Danton, asà como mucho de este en Mirabeau: el mismo temperamento, la misma necesidad de placeres, las mismas necesidades de dinero, y, de consiguiente, la misma facilidad de corrupción.
Asegurábase que, asà cómo Mirabeau, Danton habÃa recibido dinero de la Corte. No se sabÃa donde, ni por qué conducto, ni cuánto; pero lo habÃa recibido, y se estaba seguro de ello, o por lo menos decÃase asÃ.
He aquà lo que habÃa de verdad en todo esto: