La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Danton acababa de vender al ministerio su cargo de abogado en el consejo del rey, y decíase que había recibido de aquel cuatro veces el valor de su empleo.
Era verdad; pero el secreto estaba entre tres personas: el vendedor, Danton; el comprador, señor de Montmorin, y el intermediario, general Lafayette.
Si Danton acusaba a Lafayette, este podía echarle en cara la historia del cargo vendido por cuatro veces su valor.
Cualquiera otro hubiera retrocedido.
Danton, por el contrario, marchó hacia adelante; conocía a Lafayette, y también aquella generosidad de corazón que degeneró algunas veces en necesidad. Acordémonos de 1830.
Danton se dijo que el señor de Montmorin, amigo de Lafayette, y el mismo que armó los pasaportes del rey, estaba demasiado comprometido en aquel momento para que el general le atase al cuello aquella nueva piedra.
Y subió a la tribuna.
Su discurso no fue largo.
—Señor presidente —dijo—, acuso a Lafayette; el traidor llegará pronto; que se levanten dos cadalsos, y consiento en subir al uno si el general no ha merecido ocupar el otro.