La Condesa de Charny
La Condesa de Charny De repente parecióle a Andrea que alguna cosa más terrible aún que su dolor se deslizaba entre este y sus lágrimas. Una sensación que tan sólo había experimentado tres o cuatro veces, y que siempre había precedido a las crisis supremas de su existencia, invadió lentamente todo cuanto en ella quedaba vivo aún. Por un movimiento casi independiente de su voluntad, se irguió poco a poco; su voz, temblorosa en su garganta, se extinguió; todo su cuerpo, como atraído involuntariamente, giró sobre sí mismo, y a través de la húmeda bruma de sus lágrimas, creyó ver que no estaba sola. Su mirada se fijó y aclaró; un hombre, que parecía haber franqueado la ventana para penetrar en la habitación, estaba en pie delante de ella; quiso llamar, gritar, extender la mano hacia el cordón de la campanilla, mas fue imposible… acababa de experimentar ese embotamiento invencible que en otro tiempo indicaba la presencia de Bálsamo; pero, al fin, en aquel hombre que estaba de pie ante ella, fascinándola con el ademán y la mirada, reconoció a Gilberto.
¿Cómo estaba allí Gilberto, aquel padre aborrecido, en vez del hijo bien amado que buscaba?
Esto es lo que trataremos de explicar ahora al lector.