La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Alguno —replicó Isidoro—, a quien veréis con mucho placer.

—¿Sería indiscreto preguntaros quién?

—No; pero sería una crueldad deteneros más tiempo… Venid… o más bien, conducidme a esa parte de las antecámaras de la reina que se llama el salón Verde.

—A fe mía —dijo Gilberto, sonriendo—, no estoy mucho más enterado que vos sobre la topografía de los palacios, y sobre todo del de las Tullerías; pero trataré de serviros de guía.

Gilberto, pasó el primero, y después de algunas vacilaciones, empujó una puerta, la que daba al salón Verde.

Pero allí no había nadie.

Isidoro miró en torno suyo y llamó a un ujier. La confusión era tan grande aún en el palacio, que contra todas las reglas de la etiqueta, no había ujier en la antecámara.

—Esperemos un instante —dijo Gilberto—, porque ese hombre no puede estar lejos, y entretanto, caballero, a menos que algo se oponga a esa confidencia, os ruego que me digáis quién me esperaba.

Isidoro miró con inquietud en torno suyo.

—¿No adivináis? —preguntó.

—No.


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