La Condesa de Charny

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A las nueve, los oficiales de la municipalidad y los notables, con ujieres y trompetas, proclamaban en la plaza del Palais-Royal el decreto de la Asamblea, dando a conocer las medidas represivas que se aplicarán a toda infracción a este decreto, cuando por la calle de Santo Tomás del Louvre desembocan los asesinos.

Así quedaba la municipalidad en la mejor posición; por duras que fuesen sus medidas, jamás llegarían a la altura del crimen que se acababa de cometer.

La Asamblea comenzaba a reunirse; desde la plaza del Palais-Royal hasta el Picadero hay poca distancia, y la noticia llegó allí al punto.

Pero no se hablaba de un peluquero y un inválido castigados con exceso por una travesura de colegial, sino de dos buenos ciudadanos, amantes del orden, a quienes se asesinó por haber recomendado a los revolucionarios el respeto a las leyes.

Entonces Regnault de Saint-Jean-d’Angely se lanza a la tribuna y grita:

—¡Ciudadanos, pido la ley marcial; pido a la Asamblea que declare criminales de lesa nación a los que por escritos individuales o colectivos induzcan al pueblo a resistir!

La Asamblea se levanta casi en masa y aprueba la proposición de Regnault de Saint-Jean-d’Angely.

Y he aquí a los peticionarios convertidos en criminales de lesa nación. Esto era lo que se quería.


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