La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Caballero, cuando un padre os dice que no tiene la menor inquietud, podéis marchar. Dondequiera que se halle ahora Sebastián, bien sea en casa de la condesa de Charny, o bien en otra parte, no temáis nada, pues ya le encontraré.
—Vamos, puesto que lo deseáis, doctor…
—Os lo ruego.
Isidoro ofreció la mano a Gilberto, que se la estrechó con más cordialidad de la que acostumbraba con hombres de su clase, y mientras que el vizconde volvÃa al palacio, dirigióse a la plaza del Carrousel, penetró en la calle de Chartres, atravesó diagonalmente la plaza del Palais-Royal, costeó la calle de San Honorato, y perdido un instante en ese dédalo de callejuelas que desembocan en el mercado, se encontró en el ángulo de dos calles. Eran las de Plâtrière y de Coq-Héron. Ambas tenÃan para Gilberto terribles recuerdos; muchas veces allÃ, en el sitio mismo donde se hallaba, su corazón habÃa latido más violentamente tal vez que en aquel momento; por eso vaciló al parecer un instante entre las dos calles, pero se decidió muy pronto y tomó la de Coq-Héron.
Bien conocida le era la puerta de Andrea, aquella puerta cochera del número 9, y por lo tanto no se detuvo porque temiera engañarse; era evidente que buscaba un pretexto para penetrar en aquella casa, y que, no encontrándole, pensaba en un medio.