La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Durante un momento vaciló. ¿Seguiría por la derecha o por la izquierda? Por esta última debía dirigirse para volver a su casa, pues vivía en el fondo del Marais, como ya sabemos mas para esto debía atravesar entre las filas de la fuerza que llegaba.
Prefirió ganar el arrabal de San Honorato para pedir asilo a Pétion, que vivía allí.
Y tomó la derecha.
Robespierre deseaba mucho mantenerse desapercibido; pero ¿cómo hacerlo con aquella levita de color de aceituna, seca de pureza cívica —hasta más tarde no usó la levita listada—, con sus gafas que manifestaban que aquel virtuoso patriota se había cansado la vista antes de tiempo en sus vigilias, y con aquel paso oblicuo de la comadreja, que le caracterizaba particularmente?
Apenas Robespierre hubo dado veinte pasos por la calle, cuando dos o tres personas se habían dicho ya unas a otras:
—¡Robespierre!… ¿Ves a Robespierre?… ¿Es Robespierre?
Las mujeres se detenían juntando las manos todas amaban mucho a Robespierre, pues en todos sus discursos tenía mucho cuidado de anteponer la sensibilidad de su corazón.
—¿Conque es ese nuestro querido Robespierre?
—Pero ¿dónde está?