La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Allí, allí… ¿No ves aquel hombrecillo delgado, con los polvos muy bien puestos, que se desliza a lo largo de la pared y que parece ocultarse por modestia?

Robespierre no se ocultaba por modestia sino porque tenía miedo; pero ¿quién hubiera osado decir que el virtuoso, el incorruptible Robespierre, el tribuno del pueblo, se ocultaba por temor?

Un hombre fue a mirarle cara a cara para asegurarse de que era él.

Robespierre se caló más el sombrero, ignorando con qué fin le miraban.

El hombre le reconoció.

—¡Viva Robespierre! —gritó al punto.

Robespierre hubiera preferido habérselas con un adversario, más bien que con aquel hombre.

—¡Robespierre! —gritó más fanático aún—. ¡Viva Robespierre! Si se necesita absolutamente un rey, ¿por qué no se ha de elegir a él?

¡Oh, gran Shakespeare! «¡César ha muerto que sea César su asesino!».

Seguramente que si un hombre maldijo alguna vez su popularidad, fue Robespierre en aquel momento.

Un inmenso círculo se formaba a su alrededor: tratábase de llevarle en triunfo.

Por encima de sus anteojos dirigió una mirada inquieta a derecha e izquierda, buscando alguna puerta o una calle oscura por donde huir u ocultarse.


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