La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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En aquel momento sintió que le cogían del brazo y le atraían vivamente, mientras que con acento amistoso, alguien le decía en voz baja:

—¡Venid!

Robespierre cedió al impulso; dejóse llevar, vio después una puerta cerrarse tras él y se halló en la tienda de un carpintero.

Este carpintero era hombre de cuarenta y dos a cuarenta y cinco años; junto a él estaba su mujer, y en una habitación del fondo dos hermosas jóvenes, una de quince años y la otra de dieciocho, preparaban la cena de la familia.

Robespierre estaba muy pálido y parecía que iba a perder el conocimiento.

—¡Leonor! —gritó el carpintero— un vaso de agua.

Leonor, la hija mayor del carpintero, se acercó temblorosa, con un vaso de agua en la mano.

Tal vez los labios del austero tribuno tocaron los dedos de la señorita Duplay.

Porque Robespierre estaba en casa del carpintero Duplay. Madame Roland, sabiendo qué peligro corre y exagerándosele más, se dirige inútilmente al Marais para ofrecerle un asilo en su casa. Pero dejemos a Robespierre, que está a salvo en medio de aquella excelente familia, de la cual formará parte después, y entremos en las Tullerías en pos del doctor Gilberto.


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