La Condesa de Charny

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El señor de Gouvion, que la había dejado deslizarse entre sus manos cuando la fuga a Varennes, y cuya querida, encargada del guardarropa, había denunciado la marcha a Bailly, había declarado que rehusaba toda responsabilidad si otra mujer que no fuese la señora de Rochereul —ya se recordará que este era el nombre de la dama— obtenía permiso para entrar en la habitación de la reina.

En su consecuencia, había mandado poner al pie de la escalera que conducía a la habitación real el retrato de la señora de Rochereul, a fin de que el centinela, reconociendo la identidad de cada persona que se presentase, no permitiera la entrada a ninguna otra mujer.

Se dio conocimiento de esta consigna a la reina, y esta fue inmediatamente a ver al rey para quejarse; Luis XVI no podía creer en ello; envió a tomar informes y supo que era verdad.

Entonces mandó llamar al señor de Lafayette y reclamó que se retirara el retrato.

Así se hizo, y las mujeres ordinarias de la reina continuaron sirviéndola.

Pero en lugar de aquella humillante consigna se acababa de adoptar una precaución no menos ofensiva: los jefes de batallón, que solían permanecer en la sala contigua a la alcoba de la reina llamada el gran gabinete, recibieron orden de tener la puerta siempre abierta, a fin de ver de continuo a la familia real.


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