La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La reina le miró con ese aire que sabía tomar la hija de María Teresa cuando se le faltaba al respeto; pero el buen hombre, que no tenía la menor intención de hacer tal cosa, no se cuidó de su aire, y mirándola a su vez con expresión compasiva, de la cual no se podía dudar, dijo:
—¡A fe mía, señora, puesto que os encuentro sola, preciso es que os dé algunos consejos!
Y acto continuo, sin cuidarse de si la reina quería o no escucharlos, le explicó lo que haría si estuviera en su lugar.
La reina, que le había visto acercarse con cólera, tranquilizada por su tono bonachón, le dejó decir, acabando por escucharle con profunda melancolía.
Pero de pronto la doncella se despertó, y al ver un hombre junto al lecho de la reina profirió un grito y quiso pedir socorro.
Pero la reina la contuvo.
—No, señora Campan —dijo—, dejadme escuchar a este caballero… es un buen francés, engañado como otros muchos respecto a nuestras intenciones, y sus palabras indican un verdadero afecto a la monarquía.
Y el oficial dijo a la reina todo cuanto quería manifestarla.
Antes de marchar a Varennes, María Antonieta no tenía un solo cabello gris.