La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La Asamblea era muy vieja y estaba muy achacosa y decrépita para mantener valerosamente los compromisos que Barnave había contraído en su nombre. Por lo demás, hallábase muy próxima a morir, y el abrazo de un moribundo no era nada sano.

Como hemos dicho, la reina esperaba a Weber con mucha ansiedad.

La puerta se abrió, y al volver vivamente la cabeza, en vez de la buena y mofletuda cara austríaca de su hermano de leche, vio aparecer el rostro severo y frío del doctor Gilberto.

La reina no amaba a este realista de teorías constitucionales tan bien sentadas, que le consideraba más bien como republicano y no obstante, profesábale cierto respeto. No habría enviado a buscarle ni en una crisis física, ni en una moral; pero una vez allí, sentíase sometida a su influencia.

Al verle se estremeció.

No había hablado con él desde la noche del regreso de Varennes.

—¡Ah!, ¡sois vos, doctor! —murmuró.

Gilberto hizo una reverencia.

—Sí, señora —dijo—, soy yo. Ya sé que esperabais a Weber; pero las noticias que os trae, yo también puedo dároslas, y más precisas aún. Vuestro mensajero estaba en el lado del Sena donde no había matanza, y yo en el opuesto, en aquel donde se asesinaba…


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