La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Es verdad, señora.

—¿Han detenido al correo?

—Se ha leído la carta.

—¡Pues debemos estar rodeados de traidores!

—¡Todos los hombres no son condes de Charny!

—¿Qué queréis decir?

—¡Ay de mí!, quiero decir, señora, que uno de los augurios fatales que presagian la pérdida de los reyes se anuncia cuando alejan de sí hombres que deberían sujetar a su lado ligaduras de hierro.

—Yo no he alejado al señor de Charny —contestó la reina con amargura—; el señor de Charny es quien se alejó por su voluntad. Cuando los reyes son desgraciados, no hay lazos bastante fuertes para conservar a sí a sus amigos.

Gilberto miró a la reina, moviendo la cabeza.

—No calumniéis al señor de Charny, señora —contestó—, porque tal vez la sangre de los dos hermanos gritará desde el fondo de la tumba que la reina de Francia es ingrata.

—¡Caballero! —exclamó María Antonieta.

—¡Oh!, bien sabéis que digo la verdad, señora —replicó el doctor—; bien sabéis que el día en que un verdadero peligro os amenace, el señor de Charny estará en su puesto, que será el de más peligro.

La reina inclinó la cabeza.


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