La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —En fin —repuso impaciente—, ya supongo que no habéis venido para hablarme tan sólo del señor de Charny.
—No, señora, pero las ideas son a veces como los acontecimientos: se encadenan por hilos invisibles, y se tira de estos de pronto el dÃa en que deberÃan permanecer ocultos en la oscuridad del corazón… No, venÃa para hablar a la reina; dispensad si, involuntariamente, he hablado a la mujer; pero heme aquà dispuesto a reparar mi error.
—Y ¿qué deseabais decir a la reina, caballero?
—QuerÃa ponerle a la vista su situación, la de Francia y la de Europa; querÃa decirle: señora, jugáis la felicidad o la desgracia del mundo en partida cerrada; habéis perdido el primer punto el 6 de octubre; acabáis de ganar el segundo, por lo menos a los ojos de vuestros cortesanos; a partir de mañana aventuráis lo que se llama el bueno, y si perdéis es cuestión del trono, de la libertad, y tal vez de la vida.
—Y ¿pensáis, caballero —replicó la reina irguiéndose vivamente— que retrocederemos ante ese temor?