La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Y bien, señora, llamad una vez a los franceses vuestros hijos, y veréis lo que son para vos esos hermanos según la polÃtica y la diplomacia! Por lo demás, ¿no os parece que todos esos reyes y prÃncipes están marcados con el sello fatal de la locura? Comencemos por vuestro hermano Leopoldo, caducó a los cuarenta y cuatro años, con su harén toscano trasladado a Viena, reanimando sus facultades amortiguadas con excitantes mortÃferos que él mismo se fabrica… Ved a Federico, ved a Gustavo; el uno ha muerto y el otro morirá sin hijos, pues a los ojos de todos se sabe que el heredero real de Suecia es hijo de Monk y no de Gustavo… Ved al rey de Portugal con sus trescientas religiosas… Ved al rey de Sajonia con sus trescientos cincuenta y cuatro bastardos… Ved a Catalina, esa Pasifae del Norte, a quien no podrÃa satisfacer ni un toro, y que tiene tres ejércitos por amantes ¡oh!, señora, señora, ¿no echáis de ver que todos esos reyes y esas reinas marchan al abismo, al suicidio, y que si quisierais, en vez de perderos como ellos, avanzarÃais hacia el imperio del mundo y la monarquÃa universal?
—¿Por qué no decÃs todo eso al rey, señor Gilberto? —preguntó la reina casi convencida.
—¡Oh!, ya se lo he dicho; pero tiene, como vos, sus malos genios que deshacen cuanto yo hago.
Y añadió con profunda melancolÃa: