La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Los trabajos de la Asamblea, de la cual era individuo, señora, han terminado ya, y como ningún constituyente, según lo acordado, puede formar parte de la Legislativa, no tengo ya motivo alguno para permanecer en ParÃs.
—¿Ni siquiera el de sernos útil, señor Barnave?
Este último sonrió con tristeza.
—Ni aun el de seros útil, señora, pues a partir de hoy, o más bien de anteayer, ya no está en mi mano.
—¡Oh!, caballero —dijo la reina—, desconfiáis mucho de vos mismo.
—¡Ay!, no, señora; me juzgo y me veo débil…, me peso y me persuado de que soy ligero… Lo que constituye mi fuerza, que yo ofrecà a la monarquÃa para que se sirviese de ella como de una palanca, era mi influencia en la Asamblea y mi dominio en los Jacobinos, mi popularidad, en fin, tan penosamente adquirida; pero la Asamblea se ha disuelto, los Jacobinos se han convertido en los Fuldenses, y temo mucho que estos últimos hayan hecho muy mal juego al separarse de los Jacobinos… En fin, señora, mi popularidad…
Barnave sonrió aún más tristemente que la primera vez.
—¡En fin —dijo—, he perdido mi popularidad!