La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La reina miró a Barnave de una manera extraña, y hubiérase dicho que una expresión de triunfo animaba sus ojos.

—Pues bien; ya veis, caballero, que la popularidad se pierde.

Barnave suspiró.

Esto hizo comprender a la reina que había cometido una de esas ligeras crueldades que le eran acostumbradas.

En efecto; si Barnave había perdido su popularidad, si un mes había sido suficiente para esto, si se había visto en la precisión de doblar la cabeza bajo la mirada de Robespierre, ¿de quién era la culpa? ¿No era la causa aquella monarquía fatal que arrastraba hacia el abismo todo cuanto se ponía en contacto con ella; a ese terrible destino que, así en María Antonieta como en María Estuardo, era una especie de ángel de la muerte que condenaba a la tumba a todos cuantos se apareciera?

Se arrepintió, pues, de sus palabras y agradeció a Barnave que hubiera contestado simplemente con un suspiro, cuando habría podido contestarla con estas duras palabras: «¿Por quién, sino por vos, señora, he perdido mi popularidad?».

—No, señor Barnave —dijo la reina—, no marcharéis.


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