La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Ciertamente que si la reina me ordena quedarme me quedaré —contestó Barnave—, asà como permanece bajo su bandera el soldado a quien se ha dado la licencia, y a quien se conserva para la batalla; pero si me quedo, ¿sabéis lo que sucederá, señora? En vez de ser débil, me convertiré en traidor.
—¿Cómo es eso, caballero? —preguntó la reina ligeramente resentida—. Explicaos, porque no comprendo.
—¿Me permite la reina hacerla ver claramente la situación, no sólo en la que se encuentra, sino en la que se encontrará?
—Hacedlo, caballero; estoy acostumbrada a sondear los abismos, y si me dejara llevar del vértigo, hace ya largo tiempo que habrÃa caÃdo.
—¿La reina mira a la Asamblea que se ha retirado como enemiga suya?
—Distingamos, señor Barnave; en esa Asamblea he tenido amigos pero no negaréis que la mayorÃa de ella me ha sido hostil.
—Señora —contestó Barnave—, la Asamblea no ha cometido más que un acto hostil contra el rey y vos, y fue el dÃa en que decretó que ninguno de sus individuos podrÃa formar parte de la legislatura.
—No os comprendo bien, caballero; explicadme eso —dijo la reina con la sonrisa de la duda.