La Condesa de Charny

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Por lo demás, debía volver al día siguiente. Pitou y Gilberto subieron al coche del doctor, que esperaba en la puerta del hospital, y se ordenó al cochero dirigirse a la calle de Coq-Héron.

Todo estaba cerrado en el barrio y no se veía una sola luz.

Después de haber llamado un cuarto de hora, Pitou, que iba a dejar la campanilla para servirse del aldabón, oyó rechinar, no la puerta de la calle, sino la del conserje, y una voz ronca y de mal humor preguntó con acento que no admitía dudas:

—¿Quién va?

—¡Yo! —contestó Pitou.

—Y ¿quién sois vos?

—¡Ah!, es cierto… ¡Ángel Pitou, capitán de la guardia nacional!

—¿Ángel Pitou?… no sé quién es.

—¡Capitán de la guardia nacional!

—Capitán… —repitió el conserje—, capitán…

—¡Capitán! —repitió Pitou, recalcando sobre este título, cuya influencia conocía.

En efecto, el conserje pudo creer que en aquel momento en que la guardia nacional equilibraba por lo menos la antigua preponderancia del ejército, se las había con algún ayudante de campo de Lafayette.


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