La Condesa de Charny
La Condesa de Charny En su consecuencia, con tono más suavizado, pero sin abrir la puerta, se contentó con acercarse.
—Y bien, señor capitán, ¿por quién preguntáis?
—Deseo hablar al señor conde de Charny.
—No está.
—Pues a la señora condesa.
—Tampoco está.
—¿Dónde se hallan?
—Han marchado esta mañana.
—¿A qué paÃs?
—A su tierra de Boursonnes.
—¡Ah, diablo! —exclamó Pitou como hablando consigo mismo—, serÃan los que cruzaron conmigo en DammartÃn; sin duda iban en aquella silla de posta… ¡Si yo lo hubiera sabido!
Pero Pitou no lo sabÃa; de modo que dejó pasar al conde y la condesa.
—Amigo mÃo —dijo la voz del doctor, interviniendo en aquel punto de la conversación—, ¿podrÃais, en ausencia de vuestros amos, darme un informe?
—¡Ah!, dispensad, caballero —contestó el conserje que, gracias a sus costumbres aristocráticas, reconocÃa una voz de amo en la que acababa de hablarle con tanta cortesÃa y dulzura.