La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y abriendo la puerta, el buen hombre, en calzoncillos y con su gorro de algodón en la mano, se acercó a la portezuela del coche del doctor para tomar órdenes, como se dice en estilo doméstico.
—¿Qué informe deseáis, caballero? —preguntó el conserje.
—¿Conoceréis, amigo mío, una joven, a la que el señor y la señora condesa deben dispensar algún auxilio?
—¿La señorita Catalina? —preguntó el conserje.
—Precisamente.
—Sí, caballero… el señor conde y la condesa han ido a verla dos veces, y me enviaron con frecuencia a preguntarle si necesitaba alguna cosa; pero la pobre joven, aunque no la creo rica, ni ella ni su pobre niño, contesta siempre que no le hace falta nada.
Al oír las palabras «pobre niño», Pitou no pudo menos que exhalar un profundo suspiro.
—Pues bien, amigo mío —dijo Gilberto—, al padre de la pobre Catalina le han herido hoy en el Campo de Marte, y su madre, la señora Biliot, se muere en Villers-Cotterêts; necesitamos comunicar esta triste noticia a su hija, y quisiéramos que nos dieseis sus señas.