La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Oh, pobre joven, Dios le ayude, pues harto desgraciada es ya! Vive en Ville-d’Avray, caballero, en la calle grande…, no podrÃa deciros con seguridad el número; pero enfrente de una fuente.
—Esto basta —dijo Pitou—, ya la encontraré.
—Gracias, amigo mÃo —dijo Gilberto, deslizando un escudo de seis libras en la mano del conserje.
—No se necesita dar nada por eso, caballero —replicó el buen hombre—, pues entre cristianos todos debemos ayudarnos.
Y haciendo una reverencia al doctor, el conserje entró en la casa.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Gilberto.
—Yo marcho a Ville-d’Avray.
Pitou estaba siempre dispuesto a marchar.
—¿Sabes el camino? —preguntó el doctor.
—No, pero ya me lo indicaréis.
—¡Tienes un corazón de oro y unas piernas de acero! —dijo Gilberto riéndose—, pero ven a descansar y marcharás mañana a primera hora.
—Sin embargo, si urge…
—Ni por una parte ni por otra hay urgencia —dijo el doctor—, el estado de Billot es grave, pero a menos de accidentes imprevistos no es mortal, y en cuanto a la madre Billot, aún podrá vivir diez o doce dÃas.