La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Oh!, señor doctor, cuando la acostaron ayer ya no hablaba, ni siquiera se movía; solamente sus ojos parecían vivos aún.

—No importa, ya sé yo lo que digo, Pitou, y repetiré que respondo de ella diez o doce días.

—¡Diantre!, señor Gilberto, sabéis más que yo.

—Por lo tanto, bien podemos dejar a la pobre Catalina otra noche de reposo; una noche de sueño más para los desgraciados, no importa poco, amigo Pitou.

El joven se dio por vencido.

—Pues entonces, ¿adónde vamos? —preguntó.

—¡Pardiez!, a mi casa; allí encontrarás tu antigua habitación.

—¡Oh! —exclamó Pitou sonriendo—, me agradará volver a verla.

—Y mañana al amanecer —continuó el doctor—, los caballos estarán enganchados al coche.

—¿Para qué los caballos? —preguntó Pitou, para quien estos cuadrúpedos no eran más que un artículo de lujo.

—Pues para conducirte a Ville-d’Avray.

—¡Bueno! —exclamó Pitou—. ¡Cómo si hubiese cincuenta leguas de aquí a Ville-d’Avray!


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