La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Tenéis razón —dijo Catalina.
Y como hubiera hecho con un hermano, o con más confianza tal vez, entregó el niño a Ángel Pitou y adelantóse con paso firme en la sala, encaminándose directamente al lecho de su padre.
Como ya hemos dicho, el doctor estaba a la cabecera de la cama del herido.
Poco cambio se había efectuado en el enfermo; así como la víspera, estaba con el busto apoyado en las almohadas, y el doctor humedecía con una esponja empapada en agua, que oprimía en su mano, las tiritas que sujetaban el apósito de la herida. A pesar de un principio de fiebre inflamatoria bien caracterizada, el rostro, atendía la cantidad de sangre que Billot había perdido, estaba mortalmente pulido, y la hinchazón llegaba al ojo, invadiendo una parte de la mejilla izquierda.
A la primera impresión de frescura había balbuceado algunas palabras sin ilación y abierto los ojos; pero esa fuerte tendencia al sueño que los médicos llaman coma, había extinguido de nuevo la palabra y cerrado los ojos. Llegada Catalina ante el lecho se dejó caer de rodillas, y elevando las manos al cielo, exclamó:
—¡Oh, Dios mío!, ¡testigo sois de que os pido con toda el alma la vida de mi padre!
Era todo cuanto podía hacer aquella hija por el padre que había querido matar a su amante.