La Condesa de Charny

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Por lo demás, al oír la voz un estremecimiento agitó el cuerpo del enfermo; su respiración se hizo más fatigosa; abrió los ojos, y su mirada, después de vagar un instante en torno suyo, como para reconocer de dónde venía la voz, se fijó en Catalina.

Su mano hizo un movimiento como para rechazar aquella aparición, que el herido tomó sin duda por una visión de su fiebre.

La mirada de la joven encontró la de su padre, y Gilberto vio con una especie de terror cruzarse como dos llamas que parecían más bien dos relámpagos de odio que dos rayos de amor.

Después de esto, la joven se levantó y con el mismo paso fue a buscar a Pitou.

Este último, en cuclillas, jugaba con el niño.

Catalina tomó a su hijo con una violencia más propia del amor de la leona que el de la madre, y le oprimió contra su pecho, exclamando:

—¡Hijo mío, oh, hijo mío!

En aquel grito se encerraban todas las angustias de la madre, todas las quejas de la viuda, todos los dolores de la mujer.

Pitou quiso acompañar a Catalina hasta la oficina de las diligencias, de las cuales salía una a las diez de la mañana.


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