La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —No —contestó la joven—, bien habéis dicho que debéis permanecer junto al que está solo; quedaos, Pitou.
Y con la mano rechazó al joven hacia la habitación.
Pitou no sabÃa más que obedecer cuando Catalina mandaba.
Mientras que se acercaba al lecho de Billot, y que este abrÃa los ojos de nuevo al oÃr los pasos algo pesados del capitán, revelándose en ellos benevolencia después de la expresión de odio que les habÃa animado por la presencia de Catalina, la joven bajó la escalera con su hijo en brazos y llegó pronto a la calle de San Dionisio, de donde partÃa la diligencia de Villers-Cotterêts.
Los caballos estaban enganchados, el postillón en el pescante, y habiendo un sitio desocupado en el interior, Catalina le tomó.
Ocho horas después el coche se detenÃa en la calle de Soissons.
Eran las seis de la tarde, es decir, que se estaba en pleno dÃa.
Si hubiera ido a ver a su madre buena y sana en vida de Isidoro, Catalina hubiera mandado parar el coche en la extremidad de la calle de Largny, y habrÃa dado vuelta a la ciudad para llegar a Pisseleu sin ser vista, porque hubiera tenido vergüenza.