La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Viuda y madre, no pensó ni siquiera en las burlas del pueblo; se apeó del coche sin imprudencia, pero sin temor, y su luto y su niño le parecieron un ángel sombrío y un ángel risueño que debían alejar de ella la injuria y el desdén.

Al pronto no se reconoció a Catalina: estaba tan pálida y tan cambiada que no parecía la misma mujer; y lo que la disimulaba más aún era el aire de distinción que había tomado por el frecuente trato de un noble.

Por eso no le reconoció más que una persona, y aun de lejos.

Fue la tía Angélica.

Esta última se hallaba en la puerta de la casa ayuntamiento, hablando con dos o tres comadres sobre el juramento exigido a los sacerdotes, y manifestaba que había oído decir al abate Fortier que jamás juraría ante los Jacobinos y la Revolución, y que más bien sufriría el martirio que no doblar la cabeza bajo el yugo revolucionario.

—¡Oh! —exclamó de repente, interrumpiéndose en medio de su discurso—, ¡Jesús, Dios mío, ahí está la joven Billot con su hijo, que se apean del coche!

—¿Catalina, Catalina?

—¡Vaya! ¡Miradla cómo huye por la callejuela!


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