La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La tÃa Angélica se engañaba; la joven no huÃa, sino que andaba rápidamente para ver antes a su madre, y tomaba la callejuela porque era el camino más corto.
Varios niños, al oÃr las palabras de la tÃa Angélica y la exclamación de sus vecinas, comenzaron a correr detrás de la joven, y dijeron:
—¡Ah!, es muy cierto, es la señorita…
—SÃ, hijos mÃos, soy yo —dijo Catalina con dulzura.
Y después, como era muy querida de todos ellos, porque siempre les daba alguna cosa, y a falta de ello una caricia, todos exclamaron a la vez:
—¡Buenos dÃas señorita Catalina!
—¡Buenos dÃas, amiguitos mÃos! —contestó la joven—. Supongo que mi madre no habrá muerto…
—¡Oh!, no, señorita, todavÃa no.
—El señor Raynal —añadió otro—, dice que aún hay para ocho o diez dÃas.
—¡Gracias, hijos mÃos! —dijo Catalina.
Y continuó su marcha después de dar a los muchachos algunas monedas.
—¿Qué hay? —les preguntaron las comadres cuando volvieron.
—Que es ella —dijeron los niños—, y la prueba es que nos ha preguntado por su madre, dándonos estas monedas.