La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El abate habÃa tomado el aspecto rÃgido y ascético de un hombre que espera a cada momento el martirio.
—¿Qué ocurre? —preguntó al oÃr que las dos mujeres charlaban en el corredor—. ¿Vienen a buscarme para confesar el nombre de Dios?
—¡No!, aún no, querido tÃo —contestó la señorita Adelaida—, no es más que la tÃa Angélica, que viene a anunciarme un nuevo escándalo.
—Estamos en un tiempo en que el escándalo corre por todas las calles —contestó el abate Fortier—. ¿Cuál es el que ahora anunciáis, tÃa Angélica?
La señorita Adelaida introdujo a la alquiladora de sillas ante su tÃo.
—Servidor, señor abate —dijo la solterona.
—Servidora deberÃais decir, tÃa Angélica —dijo Fortier, sin poder renunciar a sus costumbres pedagógicas.
—Siempre oà decir servidor —replicó la devota—, y repito lo que oigo; dispensad si os he ofendido, señor abate.
—No es a mà a quien ofendéis, tÃa Angélica, sino a la sintaxis.
—Le diré que me dispense cuando la vea —contestó humildemente la tÃa Angélica.
—¡Bien, bien! ¿Queréis beber un vaso de vino?
—¡Gracias, señor abate; no bebo vino nunca!