La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Pues hacéis mal, porque los cánones de la Iglesia no lo prohÃben.
—¡Oh!, no es que me esté prohibido el vino; yo no bebo porque me cuesta nueve sueldos la botella.
—¿Conque seguÃs siendo avara, tÃa Angélica? —preguntó el abate recostándose en su sillón.
—¡Ay de mÃ!, señor abate, preciso es que lo sea el pobre.
—¡Vamos, no tan pobre! ¿Y el alquiler de las sillas que os cedo por nada, tÃa Angélica, cuando me darÃa por él cien escudos el primer llegado?
—¡Ah!, no adelantarÃa mucho esa persona. ¡Creedme, no hay más que agua para beber!
—Por eso os ofrezco un vaso de vino, tÃa Angélica.
—Aceptad —dijo la señorita Adelaida—, pues de lo contrario mi tÃo se incomodará.
—¿Creéis que esto le enoje? —preguntó la solterona, que ardÃa en deseos de aceptar.
—Seguramente.
—Vamos, pues dos deditos de vino, señor abate, para no desairaros —dijo la tÃa Angélica.
—¡Pues ahà va! —contestó el abate Fortier, llenando un vaso de un rico Borgoña de color rub×, bebed eso, buena mujer, y cuando contéis vuestros escudos, creeréis tener doble número.