La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La tía Angélica iba a llevarse el vaso a los labios.
—¿Mis escudos? —repitió—. ¡Ah!, señor abate, ¡no digáis tales cosas, vos que sois un santo varón, porque os creerían!
—¡Bebed, tía Angélica, bebed!
La solterona, como para complacer al abate, humedeció los labios en el vaso, y cerrando los ojos apuró con beatitud la tercera parte del contenido.
—¡Oh!, que fuerte es —exclamó—, ¡yo no sé cómo sé puede beber vino tan puro!
—¡Y yo —repuso el abate—, no sé cómo se puede echar agua en el vino; pero no importa, esto, no impide que yo apueste a que la tía Angélica ha hecho bonitos ahorros!
—¡Oh!, señor abate, no digáis eso, pues apenas puedo pagar mis contribuciones, que se reducen a tres libras diez sueldos al año.
Y la tía Angélica absorbió la última tercera parte de vino contenido en el vaso.
—Sí, ya sé que decís eso; pero no aseguraré que el día en que entreguéis vuestra alma a Dios no encontrará vuestro Sobrino Ángel Pitou, si busca bien, alguna media de lana donde habrá con qué comprar toda la calle de Pleu.