La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Señor abate, señor abate! —exclamó la tÃa Angélica—, si decÃs tales cosas, tal vez me asesinen los bandoleros que incendian las granjas y cortan la mies, pues por la palabra de un santo hombre como vos creerÃan que soy rica… ¡Dios mÃo. Dios mÃo, qué desgracia!
Y con los ojos humedecidos por una lágrima de bienestar, la mujer apuró algunas gotas que aún quedaban en el vaso.
—¡Vamos —dijo el abate, siempre con tono socarrón—, bien veis que os acostumbrarÃais a ese vinillo, tÃa Angélica!
—¡No importa —replicó la vieja—, es muy fuerte!
El abate habÃa concluido de cenar poco a poco.
—Y bien —preguntó—, ¿qué nuevo escándalo es ese que ha venido a perturbar a Israel?
—Señor abate, la Billot acaba de llegar en la diligencia con su hijo.
—¡Ah, ah! —exclamó el abate—, yo creà que le habÃa puesto en la casa de Niños Expósitos.
—Y hubiera hecho bien —contestó la tÃa Angélica—, pues al menos el niño no tendrÃa que ruborizarse por su madre.
—La verdad es que ahora se debe considerar la institución bajo otro punto de vista. Y ¿a qué viene aqu�