La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Parece que a ver a su madre, pues ha preguntado a los niños si vivĂa aĂşn.
—Ya sabĂ©is, tĂa AngĂ©lica —dijo el abate con maligna sonrisa—, que la madre Billot ha olvidado confesarse.
—¡Oh!, señor abate —replicĂł la tĂa AngĂ©lica—, no es culpa suya, pues la pobre mujer ha perdido la cabeza desde hace tres o cuatro meses. Cuando su hija no le causaba tanto pesar era una mujer muy devota que temĂa a Dios, y que cuando iba a la iglesia tomaba siempre dos sillas, una para sentarse y otra para poner los pies.
—¿Y su esposo? —preguntó el abate con los ojos brillantes de cólera—. ¿Cuántas sillas tomaba el ciudadano Billot, el vencedor de la Bastilla?
—¡Ah!, no lo sĂ© —contestĂł ingenuamente la tĂa AngĂ©lica—, nunca iba a la iglesia; pero en cuanto a la madre Billot…
—Está bien, está bien —dijo el abate, es una cuenta que ya arreglaremos el dĂa de su entierro.
Y haciendo la señal de la cruz, dijo:
—Dad las gracias conmigo, hermanas.
Las solteronas repitieron la señal de la cruz y dieron devotamente gracias con el abate.