La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Por eso entró rápidamente y sin temor en la granja.
Un perro grande ladró a su paso; pero de pronto, al recordar a su joven ama, ladró de alegría.
Al oír ladrar al perro, un hombre acudió para ver cuál era la causa.
—¡Señorita Catalina! —exclamó.
—¡Padre Clouis! —dijo Catalina a su vez.
—¡Ah!, sed bien venida, querida señorita —continuó el viejo guarda—, bien necesita la casa vuestra presencia.
—¿Y mi pobre madre? —preguntó Catalina.
—¡Ay!, ni mejor ni peor, o más bien, peor que nunca; la pobre mujer se va.
—Y ¿dónde se halla?
—En su habitación.
—¿Sola?
—¡No, no!… Yo no hubiera permitido eso, y dispensaréis que haya procedido aquí un poco cual si fuese el amo. ¡Os amaba tanto a vos y a ese pobre señor Isidoro!
—¿Habéis sabido?… —preguntó Catalina enjugando dos lágrimas.
—Sí, sí, muerto por la reina como el señor Jorge. En fin, es preciso llorar al padre y sonreír al hijo.