La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Gracias, padre Clouis —contestó Catalina, ofreciendo su mano al viejo guarda—, pero ¿y mi madre?…

—En su habitación, como os he dicho, con la señora Clement, la misma enfermera que os cuidó.

—Y… ¿conserva aún el conocimiento mi pobre madre? —preguntó Catalina vacilando.

—Hay veces en que se creería así, cuando se pronuncia vuestro nombre… ¡Ah!, este fue el gran medio hasta anteayer; pero después no ha dado señales de conocimiento aunque se la hablara de vos.

—¡Entremos, entremos! —dijo Catalina.

—Entrad, señorita —dijo el guarda, abriendo la puerta de la habitación de la señora Billot.

Catalina paseó su mirada por la habitación: su madre estaba en su lecho, con cortinas de sarga verde, iluminada por uno de esos velones de tres picos, como aún se ven hoy en los pueblos, y a su lado se hallaba la señora Clement sentada en un gran sillón, en este estado de soñolencia peculiar de las enfermeras.

La pobre madre Billot no parecía haber cambiado; pero tenía el rostro pálido como el marfil.

—¡Madre mía, madre mía! —exclamó Catalina precipitándose hacia el lecho.


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